Junio de 2001. Jornadas Docentes de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
"Las ciudades invisibles" es el título de un libro de Ítalo Calvino. Se trata de un libro bastante extraño, poco clasificable al menos. Hay una historia que sirve de nido -el diálogo-encuentro entre Marco Polo, el mercader veneciano, y el emperador de los tártaros Kublai Kan- y 55 descripciones de ciudades admirables metidas adentro de ella. El diálogo-encuentro entre el mercader y el emperador, que de a ratos emerge a un primer plano y de a ratos queda sumergido y escondido detrás de los relatos, funciona como una especie partida, un cotejo permanente, en el que hay momentos remansados, de mutua comprensión entre los contrincantes, y momentos ríspidos, en los que se entra en franca discordancia. Lo que está en juego -y sostiene el vínculo al mismo tiempo- son esas ciudades, invisibles, dudosas, de las que el mercader viajero debe dar noticia al emperador. Calvino-Marco Polo las va presentando de a una, siempre con fruición. Una vez presentadas irán a ocupar su lugar en un álbum del coleccionista, cada cual en su casillero, como las mariposas del entomólogo: ciudades de la memoria, del deseo, ciudades continuas, ciudades escondidas, ciudades sutiles…
Es interesante ver cómo el diálogo-encuentro va cambiando y enriqueciéndose a lo largo del libro. Ambos personajes cambian. Pero de los dos, me parece que el que cambia más es el que menos se mueve: el emperador, que al comienzo parece ser un remedo del Schariar de las Mil y una Noches, al que Scherezada tenía que mantener a raya a puro cuento, pero que luego se transforma, cambia de estatuto y da lugar a que se funde una relación contractual de otro tipo. De observador y escucha (primero sólo observador porque Polo ignora el idioma tártaro y debe dar cuenta de sus viajes recurriendo a muecas, gestos y pequeñas colecciones de objetos, como plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos o trozos de pescado salado, y después también escucha, cuando el mercader ya ha aprendido lo bastante del idioma como para embarcarse en un relato), pasa a actor protagonista. Para entonces su estado de ánimo ya pasado por sucesivos humores. Al principio había sido el hastío -el vacío que llega a la vida de los emperadores después de la conquista-; luego, el violento deseo de conocer hasta el detalle lo conquistado para así, por fin, poseerlo, y en muchas ocasiones el remansado y mutuo arrobamiento ("mudos, los ojos entrecerrados, reclinados sobre cojines, meciéndose en las hamacas, fumando largas pipa de ámbar"). Pero de pronto -exactamente en la página 57 según mi ejemplar del libro- este emperador pega un brinco en el aire, invierte el sentido y se convierte en lector pleno. Dice Calvino: "Ahora (…) la mente del Gran Kan partía por cuenta propia y, desmontada la ciudad parte por parte, la reconstruía de otro modo, sustituyendo ingredientes, desplazándolos, invirtiéndolos". "De ahora en adelante -dice Calvino que dice el emperador, interrumpiendo el discurso del mercader- seré yo quien describa las ciudades y tú verificarás si existen y si son como yo las he pensado." De inmediato le describe una. Polo argumenta que ésa ciudad que el emperador le está describiendo no es otra que la que él acaba de describir. Pero el emperador ya nunca más volverá atrás. Ha conquistado otro estadio, otro estatuto. Comienza la etapa del ajedrez entre ambos contendientes: cotejan, comparan, discuten y filosofan, hablan de la memoria, de los fantasmas, del mundo, muchas veces en forma de payada. Y aunque hay crisis de confianza y desentendimientos ("¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras?" -le reprocha el emperador a Marco Polo un día en que se siente dominado por la hipocondría y duda de que tenga sentido construir ciudades invisibles-; bien sé que mi imperio se pudre como un cadáver en el pantano."), se podría decir que esos dos hombres ya han formado una sociedad firme, y que están ligados entre sí por alguna forma de pacto o contrato, que a la vez los iguala y los vuelve solidarios.
Me pareció que esa escena emblemática tan delicadamente explorada por Calvino entre dos dispuestos a construir -o reconstruir o visitar y habitar de manera provisoria- ciudades invisibles, en la convicción de que esa construcción -o reconstrucción o visita y habitación provisoria- vale la pena, podía servir para llamar la atención sobre cierto contrato societario que vincula entre sí a los lectores, muy poco publicitado y rara vez tomado en cuenta cuando se habla explícita, oficialmente de "formación de lectores" o de "enseñanza de la literatura". Esta sociedad a la que me refiero carece de un rótulo contundente, con aspecto de pieza de maquinaria; es más bien fantasmal y evanescente, difícil de asir, como esos dos fantasmas del emperador y el mercader viajero que Calvino pone en escena. Pero no es menos eficaz que ella. Habría mucho que ganar si se la tomara en cuenta.
Los lectores se engarzan en los lectores, se enlazan y empalman con ellos. Los lectores son solidarios con los lectores, a los lectores los lectores les parecen gente interesante, están dispuestos a entregarles su tiempo, a compartir recuerdos y hasta a prestarles sus libros. Los lectores, a veces en forma casual, otras veces de manera más deliberada, constituyen una especie de agremiación, un gremio regido por estatutos implícitos, secretos y sutiles como ciertas ciudades. Los vínculos entre lectores -muchos de ellos, la mayoría tal vez, anónimos para siempre- forman una gran, invisible y resistente telaraña, como la que sostiene a la ciudad de Octavia -dicen Marco Polo-Calvino-, y le impide caer en el abismo.
En el libro de Calvino parece posible atrapar ese momento iniciático en que un recién llegado se incorpora al gremio de los lectores. Marco Polo, el extranjero, el que viene de otro lado, el "visitante", "lector" de ciudades desconocidas, dará cuenta de su lectura a Kublai Kan, primero hastiado emperador y luego atento aspirante a lector, quien a la larga, y en la medida en que su aspiración cuaje, se irá apoderando del relato. No será el único en ganar. Ganan los dos. Las fuertes disparidades del comienzo: emperador vs. mercader, extranjero vs. local, narrador vs. escucha terminarán emparejándose en el tablero de ajedrez: ajedrecista vs. ajedrecista, lector y lector, constructores en tensión, pero agremiados. Gracias a esa sociedad, la construcción de ciudades invisibles, empresa de por sí bastante rara, en lugar de quebrar, prospera.
Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino nos habla de los diversos y sucesivos contratos que van entablando entre sí los constructores y visitantes de ciudades invisibles, mundos imaginarios y universos conjeturales. Y nos deja en claro que, sin esos contratos, los mundos imaginarios (y los textos) sucumbirían.
Tal vez bastaría con esto que acabo de decir, con haber evocado a Calvino y haber plantado en ustedes esa escena. En el fondo creo que nada de lo que pueda decir a partir de aquí va a tener la fuerza de esa escena. Con todo, me pareció bien incluir una breve glosa organizada en torno a dos preguntas: qué es un lector al fin de cuentas y qué papel desempeña el gremio de los lectores o el contrato entre lectores en la esfera privada y pública de la lectura.
1. ¿Qué es un lector? Linda pregunta… Tal vez no del todo ociosa.
En un reportaje, aparecido originariamente en el semanario Brecha de Montevideo en 1993, pero que yo leí reproducido en un número de la revista de poesía Último Reino de 1998, Roberto Juárroz explica así el momento en que se inicia ese movimiento inverso, esa "ley de gravedad invertida", que luego condensará en su idea de "poesía vertical": "Yo me he sentido atraído en primer lugar por los elementos de la naturaleza. Nací en un pueblo al borde del campo. Mi padre era jefe de la estación de ferrocarril y teníamos enfrente el horizonte abierto. En esa pequeña ciudad de Coronal Dorrego me acostumbré desde muy chico a los silencios. Esas noches abiertas en donde se veían las estrellas, la luna nítida, los vientos, el agua, el árbol que para mí es un protagonista de la vida". He allí el comienzo del lector, del lector incipiente: el vacío.
El primer acertijo, nuestro primer texto, ese ese enigma mudo de lo que está ahí, esas presencias incomprensibles que nos sumen alternativamente en la perplejidad y el deslumbramiento, y que luego, al ausentarse, nos arrojan al mayor de los desconsuelos. Esos vacíos son los que nos impulsan a fabricar, a construir sentido, a colonizar los bordes, la frontera. Leer es primero que nada eso: construir sentido. Una pirueta para saldar el vacío. En cuanto llegamos al mundo nos ponemos a leer, y seguimos leyendo hasta el final, infatigables.
Claro que no nos será dado dedicarnos exclusivamente a la lectura, ser puros contempladores del enigma, como ese pequeño Juárroz vertical frente a su horizonte de Coronel Dorrego. Las condiciones del mundo nos obligarán a funcionar. De inmediato se nos adjudicarán tareas, deberes, lealtades, pertenencias, y aprenderemos a desempeñar nuestro papel con alguna destreza. Horizontales casi siempre y verticales sólo de ratos. De a ratos libres, pero casi siempre obedientes. Cada tanto, otra vez, lectores. La actividad de lectura -esa lectura "iletrada", pero fundamental- seguirá adelante a su manera. En el juego, en la muda observación del mundo, la fabricación de las historias y pequeñas conjeturas y en el intercambio cada vez más nutrido con otras lecturas donadas: imaginarios, cuentos, ritos, pantallas, tradiciones.
Con la incorporación del código escrito, la lectura incorpora una dimensión de habilidad, de destreza, que antes no aparecía tan clara. Aunque siempre hubiese habido por un lado desconcierto, perplejidad y deseo de saldar el vacío, y por otro astucia e inteligencia, o ingenio, para interpretar señales y encarar construcciones. Lo cierto es que, con la aparición del código escrito, el énfasis se desplaza francamente hacia la destreza. La lectura se ve como una adquisición. A leer "se aprende" o no se aprende. A leer se enseña. Se es letrado o iletrado. La condición de lector es algo que se tiene o no se tiene.
El difícil código escrito, sobre el que nuestro universo cultural está asentado, termina concentrando en sí toda idea de lectura. La lectura está en la letra. La letra incorpora también el tiempo, las capas, los mundos heredados, al menos en teoría, como patrimonio, el acervo. Explorar esa letra decantada exigirá a la vez otras adquisiciones, otras destrezas. Con la letra ingresan los libros, los cuadernos, la escuela, los diarios y las revistas, las cartas, los formularios, las páginas de internet, las recetas de cocina, los carteles indicadores. La letra, inscripta en papel, en bronce o en píxel, se convierte también en mercancía. Los textos no sólo se leen, se consumen, forman parte del flujo de bienes y dinero de la sociedad en que vivimos, y participan de alguna manera -hegemónica o divergente- del poder instituido; los que han fabricado esos textos y esos soportes de texto a menudo forman parte de instituciones, de pequeños o grandes grupos de influencia, tienen sus convenciones y sus tradiciones, sus proyectos.
La cuestión de la lectura se vuelve de ese modo más y más compleja, también enmarañada, y es cada vez más difícil encontrarle la punta, tal vez porque tiene tantas. Recordar que los inicios de la lectura son dramáticos y de riesgo, y que se remontan a la escena primordial, cuando estuvimos solos frente al enigma, puede servir para barajar y dar de nuevo.
2. Segunda parte de la glosa: ¿qué papel desempeña el gremio de los lectores o el contrato entre lectores en la esfera privada y pública de la lectura?
La cofradía, el gremio, el contrato social de los lectores sostiene al lector y a la lectura, hace que uno, cada lector, se sienta menos solo, cohesiona el terreno de la lectura y le dibuja mapas y recorridos. Los vínculos entre lectores forman redes que evitan que uno se desbarranque.
En la vida cotidiana eso es fácil de percibir, sobre todo en los primeros años. El que le narra a uno una historia, comparte una idea, mira con uno el horizonte, o las estrellas, juega con uno, le descubre algún secreto, deja un libro a su alcance, le regala una lámina o una música, o palabras graciosas para ahuyentar el miedo, lo va acogiendo a uno en el gremio. También lo está acogiendo, por enigmático, el que, envuelto en su propia lectura, ajeno a todo, también a nosotros, nos da a entender que está en un sitio al que ha de valer la pena ir de visita. El vecino que presta libros, el que narra con fruición una anécdota o los pormenores de un viaje, describe la vida de un dinosaurio, evoca una escena, un personaje, recuerda en voz alta un poema, canta una canción, hace muñequitos de miga de pan o pajaritas de papel, ofrece un patio, una cocina o un pasillo donde refugiarse a jugar, lo está acogiendo a uno en el gremio. El amigo que discute con uno mundos posibles, escucha nuestras conjeturas y devuelve otras, comparte una película, un imaginario, un plan, o se deja olvidado un libro sobre nuestra mesa, es un compañero de lectura. El maestro que abre un libro y obsequia a sus alumnos con un trozo delicado y después habla de la obra casi como si estuviera solo, enhebrando las imágenes que en él suscita, lo está invitando a uno a entrar al gremio y emparejarse. En cualquiera de esos momentos, en los iletrados como en los letrados, los lazos entre lectores, los contratos secretos para sostener ciudades invisibles, la telaraña sutil, hacen una diferencia. De lector a lector, no hay otro camino. Las lecturas se tocan entre sí, se sacan chispas o se acarician.
Los lectores manan lectura, siempre la andan repartiendo. Prestan o recomiendan libros, los regalan, le muestran a uno un cuadro, llaman la atención sobre el modo en que cae la luz sobre un paisaje, no quieren que se pierda uno una película y nos piden que, al verla, no dejemos de reparar en tal o cual secuencia imperdible. Si se trata de un libro en otro idioma, a menudo se ocupan personalmente de traducirlo, a tal punto desean que ese libro sea leído y sentirse al mismo tiempo parte de su lectura. Si son editores, lo editan; si tienen buena voz, lo leen en voz alta; si son bibliotecarios sugieren a los usuarios de la biblioteca que lo tomen en préstamo. Un lector ha visitado las ciudades invisibles y cree que valen la pena. Está convencido de eso, como los compañeros de ese soldado moribundo del cuento de Peniakoff que Borges y Bioy incluyen en Historias breves y extraordinarias, que, al ver una espléndida pareja de orix, blancos e inmensos, de grandes cuernos pastando en las matas de olor dulzón, en medio del desierto, detienen el camión y ayudan al moribundo a incorporarse porque les parece importante que vea esos orix antes de morir. Así de empecinados son los lectores.
Los lectores, en tanto lectores, gustan de las relaciones parejas, desconfían de los paternalismos y aprecian los cotejos. Saben que ser un lector supone una independencia, ya que se trata de desmontar un texto para construirse otro, lo mismo que hacía Kublai Kan con el relato de Marco Polo, en cuanto empezó a tomar confianza. A veces parten de una disparidad en la que, por edad, por experiencia, por lecturas son los más avisados. No es la relación en la que se sienten más cómodos. Si fueran dominadores, o emperadores como era Kublai Kan antes de convertirse en lector, tal vez aprovecharían la situación para manipular, dirigir y modelar al inexperiente. Pero son lectores, de modo que aspiran a saldar cuanto antes la diferencia. Los escritores, que no somos sino una variante de la raza de los lectores, ponemos nuestra lectura por escrito con la esperanza de que venga otro lector no menos astuto que el que nosotros creemos ser y la rescate reconstruyéndola.
Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles, página 96 de la traducción de Aurora Bernárdez, publicada por Siruela
"Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
-¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? -pregunta Kublai Kan.
-El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla -respondió Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
-¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.
Polo responde:
-Sin piedras, no hay arco."
envio ariel massin